Hoy es uno de esos días en que no siento nada, solo angustia. Pero no angustia de la normal, que por la escuela, por el trabajo que no entregué, por el trabajo que me falta terminar, etc. Sentía un nerviosismo muy peculiar, que conscientemente se hace presente cada vez mas seguido cuando él no está.
Le digo un hola mientras pasa platicando con sus amigos. Él es de esos que se queda contigo y deja que sus amigos se vayan, pero en esta ocasión ellos no querían dejarlo conmigo. Lo abrazo, le digo un corto hasta luego y me meto al salón. Ya no sabré hasta cuando lo veré de nuevo. Cambio de clase. Tengo examen, no estudie bien y me va a ir de la tostada. Mientras mi lápiz acaricia la hoja del examen, solo pienso en él. En que, él podría estar empujándome a lo desconocido, como una fuerza en una torca, que podría estar conduciendo un coche que no tiene, pero que el examen sí me lo presenta, hasta sin fricción y con grado de inclinación.
Va rápido todo ya. Por fin receso. Me pongo de acuerdo con una amiga para poder sacar libros de la biblioteca y llegar a tiempo a clase. Vamos primero al baño y ya después perderíamos más de veinte minutos de los treinta que teníamos, en la biblioteca. En el camino de regreso, me va contando su melancólica historia de amor. Yo asiento o niego con la cabeza, no estoy de acuerdo y ella lo sabe. Suspira y subimos al salón en el último piso. Mi amiga platica con otro amigo, mientras me paseo por el salón checando haber si de casualidad lo veo a él.
Mi mirada se fija en el pasillo del penúltimo piso. Sí, ahí está él. Y como a veces pasa, no hace esfuerzo por buscarme. Suspiro largamente y me voy a sentar a mi lugar, no sin antes darme otras tres vueltas para verlo a él recargado en el pasillo. Ahí seguía platicando con sus amigos. Yo debería estar haciendo lo mismo.
Dibujo sin ganas. Cada vez se me va haciendo mas obvia la circunstancia de que lo quiero, lo extraño; todo mientras me distraigo con el paisaje fuera de la ventana. ¿Qué más da?, sigo con mi trabajo. Por fin el dulce timbre que anuncia la libertad, o la salida, que es prácticamente lo mismo, llega.
Camino lentamente, como no queriendo irme del lugar; no queriéndome encontrar con que él no me espera afuera como yo quisiera que pasara. Y así pasa. No hay nadie afuera. Sigo mi camino sola, veo a una antigua amiga pasar enfrente mío, distraída como es, no se da cuenta, sigo de largo. Al final del pasillo me parece visualizarlo a él, con esa sudadera roja que siempre trae cuando hace frío. Veo a todos lados menos a él. Al llegar al final del pasillo me doy cuenta de que en realidad no es él, y es un desconocido. Me entristezco mientras avanzo un poco más, pero mi tristeza desaparece al ver que en realidad sí estaba al final del pasillo.
Me sonríe, le regreso el extraño saludo sacándole la lengua. Detrás de él, otra antigua amiga con otras amigas. Lo abrazo desesperadamente y platicamos de nuestro día. Me pregunta donde estuve en el receso. No, no prefiero buscar desnudos femeninos en la biblioteca, que buscarlo a él. Pero era tarea y necesitaba el libro.
A veces no puedo creer cuanto no dejo de sonreír para él. Pude haber estado melancólica todo el día y con verlo a él, ya sea, sonriéndome, viéndome pícaramente, abrazándome, se me olvidan los problemas del mundo en un instante.
A veces mi corazón quiere decir que lo extraño, pero no puedo, algo no me deja gritarlo a los fuertes vientos. Hace frío, me cobijo con su brazo. Cuanto extrañaba esto, estar entre sus brazos; y ya se ha vuelto una necesidad que él esté a mi lado. Me pregunto cuando empezó esto y no puedo responder. Desde hace mucho tiempo, hasta más de un año. Que él es el único que me puede hacer sentir algo que creí estaba perdido para mí.
27.10.08